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Arde la vida

“Perdí la paz por ganar la guerra.”

Ignacio José Fornés Olmo, “Nach(n. 1/X/74)

Vemos en nuestro vivir cotidiano al paciente cuando ─lógicamente─ no se encuentra en su mejor momento: problemas de salud y miedos personales, conflictos familiares, dramas sociales… Como profesionales sanitarios luchamos contra la enfermedad física o el trastorno mental que interrumpe el correcto fluir de la existencia en quien los padece. ¿Cómo podríamos hacerlo?

En ocasiones ayudamos explicando cómo es el enemigo para poder batirlo y dejarlo atrás. Esto es la llamada Psicoeducación: Seminarios de formación en Colegios de Médicos, intervenciones divulgativas en medios de comunicación por los miembros de las Reales Academias, coloquios de motivación en ambientes escolares o juveniles…  Todas son armas para dotar de conocimiento a personas sanas y así evitar la patología. Pero también, si ésta ya ha aparecido, se les puede ayudar evitando que se agrave o se complique con secuelas.

¿Y se puede trabajar de alguna otra forma? Pues cuando el problema es un conflicto entre varias personas ─sean grupos, sociedades o naciones─. puede hacerse con la Mediación. Se intenta que las partes litigantes lleguen a un pacto justo para todos y se impida una conflagración perniciosa en la que siempre sufren más precisamente aquellos que menos lo merecen. El trabajo del mediador se centra en la situación presente (nivel sincrónico) para buscar y alcanzar acuerdos en el aquí y ahora. No es necesario resolver el problema de base que creó el conflicto, sino sólo la situación actual. Este tipo de intervención podría ser el arma elegida en la situación actual del Oriente medio, en la de Europa del Este o, también, cuando en una familia con historia de disfunciones relacionales y conflictos cronificados llega el momento, por ejemplo, de repartir una herencia. No se pretende conseguir que se aclare todo, sino que el objetivo es más humilde, tan sólo superar las dificultades del momento presente. Algo parecido a lo que en rugby se denomina “una patada a seguir”: cuando se produce una aglomeración de jugadores se golpea con fuerza el balón para alejarlo de la melé y así “desatascar” el problema que impide seguir con el juego, sin prestarle ninguna atención a las causas que condujeron a dicho atasco.

¿Y queda todavía otra posibilidad? Pues sí, hay una tercera manera de ayudar ante los problemas de la vida. Consiste en sumar a lo anterior lo que antes se había obviado: su historia, los aspectos psicobiográficos que condicionaron la aparición del problema. Incluida en este tipo de intervención sanitaria encontramos la Psicoterapia. Con ella se pretende además de resolver la situación actual conflictiva (aspecto sincrónico), cambiar también aquellos aspectos propios de la persona y de sus relaciones que la favorecieron en el tiempo (dimensión diacrónica) para que no vuelva a suceder.

Si como nos decía en el título del artículo el compositor rapero y sociólogo Ignacio J. Fornes “Nach”Arde la vida”, resulta imposible que la atravesemos sin sufrir alguna quemadura. Pero también es cierto que algunas sí podrían ser evitadas pues vienen condicionadas no tanto por circunstancias externas imprevisibles, sino por fallos evitables que podemos denominar “estructurales”. Las actitudes que hemos integrado como propias y favorecen el desastre. Entre éstas podemos citar una: vivir los retos cotidianos como si fuese una guerra en la que hay que vencer a los demás. En reflexiones pasadas ya advertíamos que algunas personas consideran que la vida consiste en un juego de suma cero, es decir, para que un jugador salga ganador otro debe perder. Es el caso del rugby y del resto los deportes de competición entre dos equipos. Pero existen otras maneras más útiles de enfocar la vida: vivirla como un juego cooperativo. En estos deportes el equipo formado por diferentes miembros trata de superar una dificultad como coronar una montaña. En el alpinismo si una persona de la cordada cayera la otra no sólo no ganaría, sino que además se hundiría también con ella. Si quisiéramos verlo desde una perspectiva más positiva podría decirse, en justa correspondencia, que si el otro gana siempre ganaremos juntos con él.

Desde esta última opción, parafraseamos al cantautor Nach recordando a los lectores que sí es posible conservar la paz… sin tener que ganar una guerra. ¡Intentémoslo!

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

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