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Medicina basada en la indefensión aprendida

El concepto de indefensión aprendida es científico, basado en datos experimentales. De modo resumido: si a un animal (humano o no) se le castiga con severidad, privándole de cualquier modo de evitar el daño, el vertebrado aprende que nada de lo que haga le servirá para evitar el dolor. Así, el aprendizaje le llevaa sufrir sin intentar escapar ni oponerse.

Supongamos ahora una situación laboral en la que se niega al trabajador la capacidad de controlar su medio. Por ejemplo, sometiéndolo a una sobrecarga de trabajo cambiante, según la demanda del momento. O, si el trabajador trata al ciudadano, se le restringen los tiempos de atención mientras se le mantienen todas las exigencias de responsabilidad. Y se le imponen, además, unas evaluaciones donde se cuestionan los méritos y se recalcan los objetivos incumplidos. Recordando, en tantos casos, que la renovación del contrato depende de un «buen comportamiento». Y, por si todo esto fuera poco, se le expone a un clima de agresiones contra el que nada puede, sino esperar que el golpe sea llevadero. Creo que está claro de qué profesión se trata.

Admito la posibilidad de toparme con la sonrisa despectiva de cierto perfil de lector. Y, en cierto sentido, es comprensible: todas las profesiones tienen sus gajes. Con todo, permítanme exponer algo que la Medicina tiene de peculiar. Para ello, es preciso conocer antes las inquietantes consecuencias de la indefensión aprendida. Cito textualmente:

«Las personas que caen en este estado interpretan que su conducta no tiene efecto alguno sobre el entorno y ‘aprenden’ a no hacer nada, aunque lo estén pasando muy mal».

Cuando este mal se extiende entre los médicos, el resultado es doblemente perverso: por un lado, los galenos aprenden a escurrir el bulto, a la espera de que el jefe o el agresor potencial descarguen sus iras en otro compañero o compañera. Por el otro, los facultativos eluden el debate público, de modo que el abordaje de los problemas colectivos queda postergado sine die.

En cualquiera de las dos vertientes, perdemos todos. Pero pierde sobre todo el enfermo y su familia. Por lo tanto, la indefensión aprendida del médico no es solo un grave problema para él/ella y su familia, sino que la termina padeciendo toda la sociedad. Porque el papel del médico es irreemplazable.

No se insiste lo suficiente en que esta situación admite un tratamiento eficaz; hay datos científicos contundentes al respecto. Volviendo a la fuente que citaba antes:

«Habrá que proporcionar a cada uno los recursos y el clima propicio para revertir las frustrantes vivencias pasadas por ocasiones para experimentar, conocer y poner a prueba sus plenas potencialidades reales, siempre dentro de un ambiente favorable».

Creo no equivocarme si equiparo la situación anímica de la profesión médica en nuestro país a la indefensión aprendida. Con todo, la buena noticia es que el mal es reversible. Claro que, para ello, hay que replantear el contrato social que tiene este país con la Medicina.

Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.

Observatorio de la Sanidad del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla.

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