«La sonrisa nos parece un lenguaje normal, lógico con cualquier niño pequeño. Pero únicamente parece tener sitio al paso de los años, cuando
el adulto se encuentra en situación de necesidad y con ella queremos transmitirle un rayo de esperanza o expresarle nuestro afecto.”
José Luis Martín Descalzo en “Razones para la esperanza” (1995)
Es la Esperanza una cualidad, un valor, una riqueza del ser humano que arraiga en el núcleo vital de quien la viva preservando del deterioro, manteniendo la vida que se vive y acrecentando su calidad.
Representada por el ancla, como símbolo de firmeza ante las dificultades del vivir, representa la voluntad de esas personas que la portan para no abandonarse a la deriva, para crecerse ante los obstáculos y ataques a su buen existir.
También afecta la Esperanza en todo aquello que la fortaleza conlleva, no sólo resistir sino también mejorar en el ser y el hacer, en la consecución de los objetivos que nos corresponden o en los logros deseables. Y todo eso en el plano personal, familiar, profesional, relacional y trascendente. Esta cualidad imprescindible nos ayuda a afrontar el reto de la pérdida y la audacia de los desafíos de la vida, por lo que resulta ser un gran aliado de la salud, y muy especialmente de la salud mental, que se encuentra hoy en día tan acosada, perjudicada y descuidada.
Ciertamente el distrés ─o estrés perjudicial e inadecuado─, la ansiedad, los trastornos depresivos o el riesgo de enfermedades físicas como el cáncer, se evitan y se combaten de seguro mediante la Esperanza. Y lo que aun es más, también resulta evidente que es un gran facilitador en el camino hacia una vida más saludable, prolongada y feliz.
¿Por qué entonces se encuentra ausente en tantos momentos de nuestro vivir? Las personas tendemos a tener una idea preconcebida de cómo deben ocurrir las cosas. En palabras de Julián Marías:
“La vida humana es futuriza; está orientada o proyectada hacia el futuro. Es anticipación de sí misma; por tanto, imaginación más o menos rica y detallada de algo que no existe pero que se ve como porvenir.”
Es decir, no sólo estamos en la vida sino que participamos de ella a través de nuestras decisiones y acciones. El mismo autor nos sigue aclarando:
“La vida humana tiene argumento. Lo que el hombre hace, lo hace por y para algo. […] En el «por qué» funciona el pasado y en el «para qué» aparece el futuro, pero la articulación de los dos crea una tensión interna que es lo que le da a la vida su carácter argumental.”
Cuando en este argumento perdemos la coherencia entre ambas dimensiones y fracasamos en nuestro intento de recuperarla, aquí es donde nos sentimos superados por este carácter circunstancial del mundo y se disipa la confianza para llevar a cabo nuestros planes. Es en estos momentos de zozobra, angustia y dudas sobre nuestras acciones y la propia valía personal cuando la Esperanza se muestra imprescindible. El investigador Rudolf Bitz introdujo unas ratas de campo en una cisterna de paredes lisas y observó que a la hora se rendían, aunque tuvieran fuerza para aguantar mucho más. Sin embargo, a otras ratas tras un rato las sacó, las alimentó y a volverlas a meter en la cisterna aguantaron casi un día entero. La conclusión obtenida fue que la esperanza de ser rescatadas aumentó su capacidad de resistencia y les permitió luchar más tiempo y con más ahínco ante el problema que enfrentaban.
En la vida a veces hemos intentado retos sin conseguirlos, pero en otras ocasiones ─gracias a casualidades o por la ayuda de Alguien─ fuimos capaces de superar lo inimaginable. Esta Esperanza es la que nos sustenta y mantiene firmes, aunque los elementos se confabulen en nuestra contra. Y si unas meras ratas pueden superarse ¿vamos a rendirnos nosotros? Como en aquella historia cuando se quejaba el hijo al padre: “Papá yo no quiero ir a América”, y éste con el agua al cuello respondía calmado: “Calla hijo y sigue nadando”.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra



