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La ficha de la vida

«No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige.» 

Lucio Anneo Seneca (4 a.C.-65 d.C.)

Oscilamos en nuestra vida como ocurría en aquel chiste sobre la actuación del árbitro en un partido: “Hay división de opiniones… Unos se ‘acuerdan’ de su padre y otros de su madre”. Bromas aparte, es muy difícil alcanzar la unanimidad en casi ningún aspecto, aunque nos atreveríamos a decir que la frase del ilustre filósofo cordobés que encabeza el artículo es de difícil cuestionamiento. Si queremos conseguir un objetivo es lógico, como primer paso, establecerlo; en caso contrario corremos el riesgo de dar vueltas y cansarnos sin lograr ninguna recompensa final. Conocer la meta de nuestra acción puede facilitar cumplirla.

En nuestra profesión, por ejemplo, parece evidente que buscamos la mejoría clínica de nuestros pacientes y esto conduce a un nuevo debate: ¿Cuál mejoría? ¿Alcanzar la mayor longevidad a cualquier coste? ¿Aliviar “unos síntomas” que meramente son signos del inexorable paso del tiempo? ¿Restablecer un estado perdido ─aunque éste ya no sea fisiológico─ en una etapa vital posterior? ¿Adquirir nuevas capacidades que en principio no son las propias de nuestras características biológicas constitucionales?… Si esto ocurre sólo en el tema profesional, imaginemos las dificultades que podemos hallar cuando hablamos de la vida en general. ¿Nos hemos preguntado alguna vez “para qué vivimos”?

Y aquí ya hemos llegado a un tema complicado. El problema de cuál es el sentido de nuestra existencia acompaña a la Humanidad desde sus inicios. Las respuestas varían según las circunstancias personales de quien la plantee: sea un niño o un adulto, se encuentre solo o como miembro de una familia, tenga una visión materialista o trascendental de la existencia… El caso es, como ya advertía el neurólogo Dr. Javier Cabanyes en el libro Frágiles del pasado 2022:

 “Vivir parece fácil, pero no lo es tanto. Tiene un comienzo involuntario, una duración impredecible y un final que no solemos elegir. Surgen obstáculos, que controlamos sólo en parte, y exige desafíos que ayuden a superar el vacío de la monotonía y el agobio, y llenen de sentido la existencia.”

El sentido de la existencia, el puerto hacia el que nos dirigimos… Cuando el viaje se hace cuesta arriba el anticipo de lo bueno esperado moviliza fuerzas de las que creíamos carecer. Pero ¿qué ocurre sí desconocemos hacia dónde nos encaminamos? ¿Y si creemos que todo no es más que un tiovivo sin más? Uno de nosotros fue testigo de un juego en el que decenas de niños corrían y si se le preguntaba a alguno la causa, no la sabía, pero seguía corriendo. El juego no duró demasiado. El carecer de finalidad hace que una vez perdida la novedad desfallezcamos cuando pintan bastos; esto es, cuando estemos cansados o toque afrontar dificultades serias. Tristemente, en estos días el suicidio en España es la primera causa de muerte no natural ─por encima de los accidentes de tráfico─ en edad juvenil, quizás convenga plantearse por qué. Decirle a un joven que acepte sufrir sin que conozca la recompensa no es tarea fácil. El psiquiatra Viktor E. Frankl, capaz de superar cuatro campos de concentración y ayudar a otros a seguir viviendo (repasen, por favor, su imprescindible libro autobiográfico El hombre en busca de sentido), fue claro:    

“Ningún psiquiatra, ningún psicoterapeuta —y ningún logoterapeuta— puede decir a un enfermo lo que es el sentido, pero sí que la vida tiene sentido; y algo más: que conserva este sentido bajo todas las condiciones y circunstancias…”

Sí, creemos que la vida tiene sentido y aquí proponemos una “FICHA” para salir victoriosos, sin rendirnos, ante las seguras dificultades. Tomen nota:

F de Firmeza o, si prefieren, de Fortaleza. Mantengamos convicciones sin aceptar rebajas ni ceder a los lógicos miedos y dudas que todos tenemos.

I de Integridad, actuemos con rectitud y claridad, evitemos componendas.

C de Coherencia, seamos uno en todas y cada una de las circunstancias que atravesemos. No pretendamos poner una vela a Dios y otra al diablo.

H de Honor, cumplamos nuestros deberes con todas las personas, y también de Humanismo, aceptemos los inevitables errores, también los propios. Perdonemos tanto a los demás como a nosotros mismos: Errare humanum est.

Y, finalmente, A de Adaptación, pues todo lo anterior no implica imposición. Puede proponerse con humildad, adecuándonos a cada una de las personas que encontremos en nuestro recorrido vital y disfrutando de ese encuentro irrepetible.

Sí, sabemos que una cosa es la teoría y otra la práctica, pero para obtener el carnet de conducir el examen teórico precede siempre al práctico. Seguro que si aprobamos el primero este segundo no será tan difícil como nos temíamos.

Dr. Manuel Álvarez Romero. Medicina Interna

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos. Psiquiatría

Salud Mental y Humanismo Médico

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6 de febrero de 2023


         

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