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¿Qué le ha pasado al osito?

  «El hombre en rigor, no tiene naturaleza, y hablar de «naturaleza humana» es sumamente equívoco […] Lo que el hombre hace no le viene dado por una naturaleza: lo tiene que elegir, tiene que imaginarlo y después intentar realizarlo, con mejor o peor fortuna”

Julián Marías en “La felicidad humana” (1987)

     Siempre es bueno tener una visión global de una situación. Cuando hablamos del ser humano hay quien sólo ve maldad en nuestra especie, mientras alaba en sobremanera la bondad del resto de seres vivos “que sólo matan para comer”. Uno de los abajo firmantes recuerda aquella tarde en la que estaba viendo un documental en la televisión con su hija que por aquel entonces tendría unos cinco años. El cuadro era enternecedor, una “mamá osa” con su hijo en una soleada tarde bañándose en un río, pero la mala fortuna quiso que la corriente alejara al cachorro y lo hiciera chocar con un oso adulto que estaba unos metros más allá. Éste, sin ningún atisbo de vacilación, de un zarpazo acabó con la vida del indefenso osezno. La niña, que no acababa bien de entender lo que había sucedido, preguntó con curiosidad: “Papá, ¿qué le ha pasado al osito?”. ¡A ver quien explica esto a un alma tan inocente sin romperle el corazón!

          Pero no es el único caso que podemos citar como ejemplo de matar sin el objetivo de alimentarse en el reino animal; la práctica de asesinar uno a uno a los cachorros de las leonas cuando el nuevo líder toma posesión de la manada es algo habitual. Mientras una hembra esté con sus crías no entrará en celo y lo que pretende el nuevo león dominante es cuanto antes generar su propia descendencia. Y con el tiempo, cuando el macho alfa pierda fuerza y poder, será derrotado sin piedad por otro congénere más joven que le expulsará de la manada, por lo que quedará solo y abandonado hasta su muerte, ¿nos suena?

Y si volvemos al llamado “infanticidio estratégico” del reino animal debemos informar que no es privativo de los leones, sino común a otras especies, incluidos los primates. En Madagascar los lémures machos distraen a las madres para poder deshacerse de las crías arrojándolos al vacío desde el árbol. Y no hace falta alejarse yéndose a otros continentes; en nuestro medio un simpático hámster no dudará en comerse a su cría si se encuentra ante una situación de hambruna. Esto no es algo novedoso, los paleontólogos aseguran que eso viene de bastante antiguo, pues también lo hacían ya los dinosaurios.

Pero los animales siguen sorprendiéndonos, tampoco es necesario que se llegue al extremo de la inanición para deshacerse de un congénere. Los entrañables delfines, que tanta ternura provocan, se organizan en manadas y matan inmisericordemente a otros semejantes para la eliminación en su medio de posibles competidores. Y descendiendo en la escala filogenética podríamos visitar el reino de los insectos, todos conocemos cuál es el pago que la mantis religiosa hembra tributa a sus fecundadores: una vez conseguido el objetivo necesario de la reproducción les corta la cabeza para luego devorarlos.

Sí, es la supervivencia la que prima por encima de otras consideraciones éticas o morales que carecen del mínimo sentido en reino animal. Pero ¿qué ocurre con los individuos humanos? La diferencia con el resto de los seres vivos es evidente. En nosotros no funciona el instinto, no actuamos por “naturaleza”. Como al inicio apuntaba el filósofo Julián Marías nuestras acciones son fruto de decisiones previamente valoradas y luego ejecutadas. Resulta indiscutible que dichas acciones están tremendamente condicionadas, aunque no determinadas, por la historia que la persona ha vivido. Para bien o para mal serán nuestras vivencias previas ─y muy especialmente aquellas que se producen en la edad infantil─ las que favorecerán una manera u otra de actuar.

Es por esto que no debemos hablar de naturaleza en los seres humanos, siendo preferible considerar su historia. Para comprender la conducta presente de cualquier persona se necesita investigar lo vivido en su pasado y cómo éste le condicionó hasta llegar al momento actual. Somos capaces de lo mejor y lo peor. Si investigamos la vida de un asesino entenderemos ─no justificaremos─ qué motivos le condujeron a cometer tan horrendos crímenes. Y es que debemos asumir la responsabilidad de nuestras acciones para con los demás pues, como señalan en África, “Para educar a un niño hace falta toda la tribu”; y ya en España advertimos también que “Al arbolito, desde chiquitito”,

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

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5 de abril de 2024


         

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